El 20 de marzo, el Teatro Municipal de Quilpué presentó la obra “Qué rico tu postre”, dirigida por Franko Ruiz-Vicencio y financiada por el Fondo Nacional de Artes Escénicas, tendría una única función gratuita ese día jueves. El comunicado oficial rezaba: “Es una comedia con una estética extravagante que pone en escena cómo las relaciones afectivas de un grupo de amigos y amigas se ponen a prueba cuando comienzan a desvelarse una serie secretos.” Esta primicia me llamó la atención, así que decidí asistir.
Al entrar a la sala, el ambiente estaba lleno de energía. No hubo introducción ni transición: la fiesta ya había comenzado. Los personajes estaban en el escenario, sumergidos en un carrete de amigos, mientras nosotros éramos testigos de todo lo que ocurría.
Dos personajes destacaban: Eva y Sasha. Eva, vestida de blanco, tenía una actitud más contenida; evitaba temas sexuales o controversiales y de su boca salían comentarios que -quizás para esta época- podría sonar conservadores. Por otro lado Sasha, vestida sexy, con un cabello ruliento y frondoso, hablaba sobre sexo abiertamente, tiraba chistes y hablaba fuerte. Claramente la tensión entre ellas se podía sentir hasta al público. La interacción entre las dos sacaba chispas, a ninguna les gustaba la actitud de la otra y eran constantemente separadas por sus otros amigos. Me gustaba el conflicto entre ellas, me daba la sensación que cada una representaba un estereotipo: “la mujer mojigata” y “la mujer fácil”, me divertía -o al menos al comienzo- las peleas tontas que tenían entre ellas, me gustaba que los estereotipos se estuvieran burlando entre ellos.
Sin embargo, aunque la obra comenzó con un tono humorístico que sacó carcajadas entre el público, pronto dio un giro inesperado. Lo que comenzó como un carrete terminó rápidamente en ser un destapadero de secretos y los personajes poco a poco fueron sacando su lado más oscuro, exponiendo traumas y complejidades en relaciones. Cada uno arrastraba un secreto que le pesaba, y poco a poco el espectador se ve inmerso en un remolino de sentimientos, dolores, traumas, pastillas, muerte… Esta parte me sorprendió, cuando entré a la función asumí -creo que por leer la palabra “comedia”- que todas las problemáticas iban a ser contadas con chistes, pero se puso denso. Las narrativas de cada uno daban la sensación que cada vez que un personaje hablaba de su mundo interior, el escenario también. De un festejo alegre terminamos dentro de la cabeza de los personajes, donde nos miran directamente y nos dicen sus verdades, sus miedos, sus dolencias. Ese toque de humanidad, de transparencia, me gustó mucho.
El montaje logra transmitir una sensación de urgencia y caos, lo que refuerza la intensidad de la obra. Considero que lo más importante de la obra es que deja espacio para la interpretación personal, quizás desde una introspección y sobre qué escondemos detrás de la comedia. Al final, lo que parecía ser una simple comedia terminó convirtiéndose en una experiencia mucho más compleja y profunda de lo esperado.
Te dejo el instagram de la compañía de teatro: