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Telegrama

Levantó la mirada del libro. No tenía deseos de levantarse de su mecedera, su dolor de cabeza no la dejaba leer o respirar con tranquilidad. Necesitaba verla, estar con ella. Levantaba su mirada para buscarla durante el día, en la noche estiraba el brazo en la cama para abrazarla. La casa estaba vacía sin ella. ¿Por qué debía ir a ver a su antigua amante y dejarla sola? ¿Acaso no podía conformarse con un amor incondicional, nuevo y tierno? Pensar la agobiaba, empeoraba el dolor.    El de la cabeza y el corazón.

Decidió apartar su libro y fijar su mirada en la ventana. El trabajo que estaba haciendo en el jardín la llenaba de orgullo, había plantado unos lirios, ahí debajo de un techo, en una pequeña maceta, especialmente para complacerlas. No podía esperar a ver su rostro de felicidad cuando volviera… Si volvía.

Nunca había sentido tanta aprensión en su vida. La necesitaba con ella, pero no podía impedirle estar con otros y otras. Su único consuelo era el libro de Thomas Mann que ella había dejado, “Read it, mi vida. I know you’ll love it” Y eso estaba haciendo (o intentando hacer).! El frío aumentaba su ausencia y, a pesar de eso, ¡la sentía en todos lados! 

La máquina de escribir, los lápices, los libros, los lirios que había plantado (tal vez debería entrarlos), el libro de botánica que había adquirido hace unos días (para aprender a cuidar los lirios), el libro de Thomas Mann… se presentaba como un fantasma en la casa.

El toquido de la puerta puso fin a sus pensamientos. La abrió y apareció un joven empapado (“¿Cuándo habrá empezado a llover? Tengo que mover las flores pa’dentro” se dijo), le estiro un papel, ella lo firmó y se despidieron. Era un telegrama. Un telegrama que acallaría sus problemas, que ahogaba sus pensamientos como se estaban ahogando las plantas del jardín.

“MY DEAR TEACHER. MY GABRIELA. I AM GOOD. I AM COMING TO YOU AS SOON AS I CAN.”

Ella vendría, volvería. Gabriela no lo pensó dos veces. Se fue al jardín, entro los lirios, luego tomó un pedazo de papel, un lápiz y tinta (no se podía mecanografiar semejante alegría), miró la fecha, la escribió bien grande en una esquina (22 de febrero de 1949). Y comenzó a escribirle una carta: “Amada y querida Doris: Recibí tu telegrama”.

Basado en la carta de Gabriela Mistral a Doris Dana del 22 de febrero de 1949.

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