A las nueve de la noche, cuando muchas plazas de los cerros empiezan a vaciarse, en Santa Margarita, en el cerro Larraín de Valparaíso, pasa lo contrario.
Frente a una pantalla grande instalada en medio de la plaza, los vecinos se sientan a ver una película. El aire es fresco. Hay niños corriendo todavía a las diez de la noche. Cables cruzandos entre las sillas. Adultos mayores mirando atentos. Vecinos que se saludan antes de tomar asiento. Se arma un ambiente que no es tan común a esa hora: la plaza habitada con calma.
En otro contexto, esa misma plaza podría estar vacía. O simplemente no ser un lugar donde quedarse mucho rato.
No es una sala tradicional. No hay boletería. No hay butacas numeradas. Pero hay algo que hace tiempo escasea en la ciudad: cine.
Hay solamente 3 cines conocidos en Valparaíso: el Insomnia en el plan, Cine arte de Viña del mar en la ciudad vecina y el Cinemark del mall. Hace años eran muchas más. La reducción no es solo un dato, sino, preguntas: ¿quién puede ir al cine hoy? ¿Quién puede pagar una entrada sin pensarlo dos veces? ¿Quién vive lo suficientemente cerca como para que no sea un panorama excepcional?
NIUT —gestora cultural y mediadora audiovisual con más de ocho años de experiencia en cineclubes y formación de audiencias— decidió que esa respuesta no podía seguir dependiendo sólo del centro o del mall.
Su relación con el cine comenzó como la de muchas personas: mirando películas por gusto. Pero con los años, se convirtió en una práctica. En Santiago comenzó a impulsar cineclubes para compartir su amor por las películas. Trabajó con adultos mayores, con las personas del barrio, con niños y observó algo que se repite: muchas personas se alejan del cine no porque no les interese, sino porque no saben cómo acercarse.
Al llegar a Valparaíso, se encontró con menos salas, menos acceso en una ciudad que se define como cultural. La decisión fue simple en su forma y complicada en la ejecución: hacer cine al aire libre, gratuito, en territorio.
La Plaza Santa Margarita (junta de Vecinos N°8) se convirtió en el punto de encuentro. Es una plaza donde la vida ocurre lejos de los circuitos turísticos.
El proceso parte por la motivación y el tiempo. No hay financiamiento municipal ni sueldo detrás. Hay reuniones con la junta de vecinos, coordinación técnica, gestión de películas, traslado de equipos, difusión boca a boca y por WhatsApp. Hay una convicción: el acceso cultural no puede depender exclusivamente del mercado.
Al momento de elegir que proyectar, las películas no son escogidas al azar ni son material disponible en YouTube. Son títulos recientes, en su idioma original.
Pero tampoco se trata de imponer una programación distante. La primera función fue 31 Minutos: una Navidad calurosa, un filme que pueden disfrutar las infancias y los adultos que crecieron con la serie. Luego vino Familia en renta, que abrió discusiones sobre identidad, mentira y pertenencia. La última función fue el turno de Sentimental Value (Valor sentimental), una apuesta más arriesgada para un público que, según Niut, no necesita ser tratado como incapaz.
“Subestimar al público territorial es un error”, sostiene. Antes de cada función, plantea preguntas. Invita a observar no sólo el diálogo, sino la imagen: los gestos, la composición, las decisiones del director. Nada está puesto porque sí.
Después de la proyección, nadie se va de inmediato. Se vuelve a las preguntas iniciales y se abre el diálogo. No hay respuestas correctas. Hay impresiones.
En una de las funciones, un adulto mayor habló de su nieto trans. Otro vecino comentó cómo se sentía constantemente objetivizado por su discapacidad física. La conversación se volvió un debate que, a ratos, se vuelve incómoda. Pero ocurrió. En una plaza.
Activar una plaza a las nueve de la noche no es casual. En muchos sectores de la ciudad, después de cierta hora, los espacios públicos se vuelven inaccesibles o inseguros. El cineforo termina cerca de las once. Durante esas dos horas, la plaza cambia de dinámica.
“Hay niños jugando tarde. Personas de 30 o 40 años conversando sin necesidad de consumir alcohol. Adultos mayores que permanecen. El espacio se habita de otra forma.” Nos comenta NIUT.
No se trata sólo de exhibir una película. Se trata de activar el territorio. De recuperar la noche como espacio compartido. De demostrar que la cultura también puede ser una estrategia de convivencia.
El cine territorial, en ese sentido, no es únicamente una experiencia estética. Es una práctica comunitaria que entrega algo menos visible pero igual de importante: confianza. Confianza para opinar, para cuestionar, para no tener la razón absoluta y aun así hablar.
La persona que asiste puede volver a su casa y mirar una película en televisión con otra mirada. Puede atreverse a decir “esto no me gustó” sin necesitar veinte años de estudios en cultura para sostenerlo.
El proyecto aún no cuenta con financiamiento estable. Se sostiene en redes, en colaboración con la junta de vecinos y en la convicción de que el acceso cultural no debe centralizarse.
La plaza se convierte en sala.
Y el cerro, por un par de horas, se convierte en conversación.
Puedes revisar el trabajo de NIUT aquí:
