Una obra que pareciera ser infantil, pero que realmente es un abrazo y una invitación a ser diferente. Al adulto que creció con la etiqueta de «ser distinto». A esa persona neurodivergente que no piensa igual que el resto. Y quizás es difícil de digerir que una obra con voces divertidas, marionetas y música en vivo pudiera ser tan penetrante en mi conciencia como lo fue El niño de los fósiles.
La historia relata el pasado de un amigo de nuestra narradora, Gabriel, un niño que vive en Los Vilos (un lugar con una costa hermosa). Desde un inicio se le presenta como “el niño problema” de la sala de clases: el que no pone atención, llega tarde y no hace las tareas como se espera. Ese al que normalmente se le señala con un “hay que tenerle ojo”. Pero, a medida que avanza la obra, entendemos que Gabriel es solo un chico con un sueño, con una intuición poderosa y una profunda pasión por los fósiles, por la historia, por la memoria. La obra ahonda en ello, en la fantasía infantil, pero también en lo fácil que puede ser corromper esa inocencia con palabras o acciones mal dirigidas.
Gabriel, en un momento, sucumbe. Pero es en su entorno, en la amistad y el cariño, donde encuentra un salvavidas. Y es esa ternura, esa dulzura sincera con la que la obra se permite contar su historia, lo que termina por deslumbrar.
Sobre la técnica, no puedo dejar de mencionar lo embriagador que fue escuchar la música y los efectos sonoros (foley) en vivo. Fue un placer ver cómo, al costado del escenario, alguien creaba sonidos con instrumentos y objetos. La música, especialmente desde el piano, construía un ambiente acogedor y conmovedor. Las actuaciones también fueron entrañables. Me sentí en una clase de primero básico, pero de esas donde las profesoras te sonríen cuando te equivocas. Las cuatro personas en escena asumían múltiples roles todo el tiempo, y aquí viene mi parte favorita: todas participaban en la manipulación de marionetas y escenografía que daba vida al espacio.
Los protagonistas no eran actores de carne y hueso, sino marionetas que, por momentos, uno olvida que no son reales. La construcción de estos personajes —desde los materiales hasta sus movimientos y el entorno en que se desenvuelven— está cuidadosamente pensada. Me parece un desafío fascinante el controlarlos en pleno centro de la obra y hacerlo con tanta sensibilidad, al punto de olvidar que el alma de estos niños son, en realidad, los brazos ajenos de quienes los manipulan.
Por eso, felicito a Teatro Marote y al GAM por traer estos temas al escenario con una conexión tan honesta y cercana. Porque, además, la función fue distendida: un gesto de respeto y cuidado hacia las personas neurodivergentes.
Salí feliz y conmovida luego de ver El niño de los fósiles. Y creo que es una obra perfecta para compartir: con tu pequeño, con ese niño que tal vez se siente diferente, o con ese adulto que alguna vez lo fue y no le dejaron serlo.
Porque esta obra no solo cuenta una historia, también sana un poco.
