Una vez más, vuelvo al Bar Vienés. El frío de afuera solo me invitaba a entrar; dentro las luces tenues y el ambiente movido me reciben. Me acomodo y espero a que comience el show. Esa noche tocaban 3 bandas: Gomitas Ácidas, Los perros de Pavlov y Chico Bestia.
Las Gomitas comienzan el espectáculo. Dream pop a la vena. Había una sensación dulce en el ambiente, un dejo adolecente pero no por eso ingenuo. Letras autocompasivas y nostálgicas llenaron el escenario e hicieron que el público se moviera a su compás. La banda está conformada por mujeres que están pisando fuerte en la industria, una banda con una trayectoria pequeña pero poderosa.
Las siguieron Los perros de Pavlov quienes cambiaron el ambiente por completo. Rockeros, juguetones, completamente entregados a su música. Por cómo se movían arriba del escenario pareciera que todo se iba a salir de control pero, dentro de su desorden, se entendían perfectamente. Quizás era su forma de canalizar su música. Prendieron al público en segundos: se movían, saltaban, se reían entre ellos. En medio del caos apareció una cabeza de perro: alguien del público se la puso —no era un disfraz entero, solo la cabeza— y, por un momento, pareció poseído por la música, el ritmo y la distorsión. Sonaban muy bien. Fue como sacudón eléctrico qué viene después de comer una gomita ácida.
Chico Bestia cerró la noche, pero no con un gran estruendo, sino con algo más íntimo, introspectivo. Su música era densa, melancólica, como una bruma que empieza a bajar sobre el puerto cuando ya nadie la espera. No era triste del todo, pero sí reflexiva. Las letras parecían salir desde un rincón oscuro del pecho, y las melodías lo acompañaban como un eco. El público lo recibió y lo despidió con gran cariño.
Esa fría noche, mientras buscábamos un lugar desde donde un Uber nos cobrara más barato para llegar a casa, me di cuenta de que las tres bandas podrían resumirse en tres palabras: dulzura, euforia y melancolía. Me embarqué en un mini viaje emocional que solo una tocata porteña podría ofrecer.
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