Contra el elitismo que divide, un llamado a celebrar la autonomía del lector y la riqueza de cada experiencia literaria, abriendo puertas en vez de cerrarlas.
Hace unos días, Simón Soto, escritor y guionista chileno, levantó polvo en el mundo literario por su entrevista con Culto, de La Tercera. En ella, si bien ofrece reflexiones sobre el oficio de escribir, también presenta puntos que refuerzan una visión elitista y excluyente de la literatura, una postura que lamentablemente ha alejado aún más a las personas del ejercicio de leer.
La lectura es algo personal, íntimo y también profesa una gran diversidad en cuanto a géneros y experiencias. Cada lector y lectora busca, encuentra y resignifica sus mensajes y placeres.
Si caemos en el mismo discurso elitista de siempre de limitar lo que se “debe” leer, perpetuamos esta exclusividad, este grupo de pseudo-intelectuales. Lo malo de estas acciones es que terminan ignorando las múltiples formas en que las personas se relacionan con los textos y, a su vez, con sus experiencias.
Daniel Pennac, escritor francés, en «Como una novela» busca que el adolescente le pierda el miedo a la lectura, ya que prefiere que la persona emprenda este viaje de manera libre y personal. Defiende los «derechos imprescriptibles del lector», incluyendo el derecho a no leer, el derecho a saltarse páginas, el derecho a no terminar un libro, el derecho a leer cualquier cosa, el derecho a leer en voz alta y el derecho a callarse. Para el autor, la lectura obligatoria debe acabarse y aboga por el placer de leer.
Existe una diversidad de razones para leer y también para qué tipos de obra leer. Por ejemplo, la lectura es una forma de entretenimiento, relajación o incluso escape de la realidad. Las novelas populares, la fantasía, la ciencia ficción, la novela romántica o el thriller cumplen esta función vital y no deben ser descalificadas por no encajar en un molde de «alta literatura».
Además, no hay que dejar de lado el valor identitario o de comunidad. La literatura contemporánea o popular resuena con mucha más fuerza en la vida de los lectores, dando pie a espejos o ventanas de su propio espacio y realidad, algo que a veces los clásicos no abordan o no pueden satisfacer desde su mirada, obviamente, porque hay espacios y temporalidades distintas.
Los clubes de lectura, los fenómenos de ventas de ciertos autores contemporáneos y las redes sociales literarias demuestran que la lectura también es una actividad social, donde las personas comparten y discuten sus intereses, a menudo centrados en géneros o autores que no son parte del canon académico.
Con el tiempo, me sigo convenciendo de que el poder del cruce de disciplinas y la colectividad conforman experiencias más ricas de debate, conversación o solo el mero disfrute de poder identificarse con la otredad.
Por último, no se valora el potencial que tienen estas obras, que ciertas personas puedan considerar “menores” o “populares”, a menudo son la puerta de entrada para nuevos lectores, personas que no son asiduas a la lectura o que tienen resquemores con explorar nuevos géneros, como la ciencia ficción o la no ficción. Descalificar estas obras es cerrar puertas que tanto ha costado abrir.
Debemos trascender estas divisiones elitistas, tanto en la literatura como en las artes en general, y fomentar un ambiente donde todas y todos puedan sentirse validados y animados a explorar libremente el vasto universo de estas disciplinas. Cerrar puertas nunca ha sido la respuesta; ahora que vivimos en una sociedad hiperconectada, al menos usemos estos espacios para crear comunidades más activas y empáticas con sus gustos y experiencias.
