En una bodega olvidada en un museo de Berlín, Margarita Canio Llanquinao abrió una caja que parecía inofensiva. Dentro, encontró un pedazo de nuestra historia: grabaciones y testimonios de prisioneros Mapuches que sobrevivieron a la llamada “Pacificación de la Araucanía” en Chile y la “Campaña del desierto” en Argentina. Un secreto guardado por más de 100 años que salió a la luz en manos de una académica perteneciente a su propio pueblo.
Así comenzó un viaje de 8 años de investigación y de construcción de una narrativa silenciada. Paula Rodriguez Sckert fue la documentalista que se encargó de transformar estos relatos y ponerlos en la pantalla. Trabajó junto a Margarita para llevar estas voces al público, para darles resonancia. Especialmente la de una: Katruläf. Un hombre que no era guerrero ni Lonko, sino un ciudadano de a pie que tenía la necesidad de contar su historia.
Ambas conversaron con Diversas sobre los desafíos de hacer este documental, y sobre todo, sobre la carga emocional de rescatar una historia que interpela, incómoda y conmueve.
Para Margarita, revivir estos testimonios no es solo un acto académico: es un deber histórico y personal. “Uno no puede quedar ajeno a lo que estas personas vivieron”, dice Margarita con voz firme. “No porque no lo hayamos vivido nosotros directamente significa que vamos a hacer oídos sordos. Está en nuestras manos traer esa memoria al presente.”
Fue en el año 2017 cuando Paula supo por primera vez de Margarita. Leyó en un medio sobre el descubrimiento de los testimonios y trató de ponerse en contacto: quería llevar esas historias al campo visual. El proceso comenzó antes de encender las cámaras.
“Lo primero fue elegir el personaje”, cuenta Paula. “El testimonio de Katruläf es muy extenso, así que hubo que buscar cuidadosamente los fragmentos que pudieran sostener un relato de 90 minutos. Después vino el viaje físico y simbólico para reconocer lugares, encontrar a las personas con las que Margarita se encontraría. Ella guió las entrevistas. Yo, por primera vez en un documental, me retiré de esa parte. Quise darle ese espacio.”
La decisión de dejar a Margarita conducir las entrevistas aportó una dimensión íntima. “Fue bonito porque tampoco lo estaba controlando todo. Había que captar lo que pasaba con honestidad.” El proceso requirió también un cuidado extremo con el guion, las voces, la traducción al mapudungún y la selección sonora. “Hay una espiritualidad que atraviesa todo el documental”, comenta Paula. “El fuego, el agua, el viento… Son elementos que evocan la presencia de Katruläf en la naturaleza. Con esto no queremos adoctrinar a nadie, solo compartir una historia poderosa.”
Para Margarita, fue como desenredar una historia que hace décadas sus ancestros habían contado. Una matanza hacia los pueblos originarios que nunca estuvo estipulada en los libros de historia más allá de la palabra “pacificación”. Tomó este proyecto como una manera más de transmitir la memoria Mapuche. “Queríamos que el documental llegara al pensamiento y al corazón de las personas”, dice. “Ese fue el gran desafío: que sea comprensible, emocionalmente potente, y al mismo tiempo fiel al dolor de esa memoria.”
El impacto de este documental en la académica fue bastante emocional. Además del aprendizaje de hacer una investigación desde un trabajo audiovisual, asume un deber al estar frente a la cámara: cumplir el rol de ser un puente de la memoria de las personas Mapuches en el territorio: “Encontré un nicho ahí también, una forma de reparo hacia mi propia historia, hacia lo que viví desde chiquitita, por lo que pasé, por los caminos que recorrí, las cosas que conocí y, sobre todo, por aquello que me fue negado, por lo que no conocía. En ese sentido, por supuesto que fue muy significativo asumir este rol.”
La historia de Katruläf es poderosa a través de la pantalla y fue poderosa para el equipo detrás de ella. Una historia de dolor, de pérdidas, de exilio, pero al mismo tiempo, es una historia que nos compete, está en nuestra sangre y que Margarita y Paula, junto a productoras y su equipo, fueron capaces de volver a la vida a Katruläf para que pueda contarnos, 100 años después, la “otra historia”.
“Nosotros no inventamos a Katruläf”, dice Paula. “Él está ahí. Su fuerza, su deseo de que se supiera su historia, todo eso estaba contenido en su testimonio. Nosotros solo lo recogimos.” La película, insisten, fue una forma de “darle vida a un espíritu que estaba allá, esperando”. Una profesora mapuche que conocieron durante el rodaje les dijo: “Hay que poner el cuerpo”. Y eso hicieron. “Cada vez que estábamos agotados, que sentíamos que no podíamos más, decíamos: por Katruläf, Porque esta historia necesitaba ser contada.”
Puedes ver el trailer aquí y puedes visitar Miradoc.cl para saber dónde puedes ver Memoria implacable en cualquier región del país.
