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Carta breve

Caminando en la sumergida noche metropolitana, recuerdo en correspondencia la noche porteña. Me pregunto, cómo se verán las estrellas en la altura, sentados en las butacas de ese anfiteatro colosal que llama a escandalosos éxitos, hoy dormidos por el progreso. Recuerdo el sol, derretido en las escaleras, en la altura, en las ruinas, canales de miel que limpian de humanidad los recuerdos excesivos de la noche anterior. 

Recuerdo mi niñez, mi juventud, sentada en escaleras secretas, laberintos de la necesidad, con esa vegetación en constante oda al descontrol, el paraíso de los amantes de Whitman, las vistas al mar, la bohemia mítica, familiar, enterrada. El amor a corazón abierto. La ciudad se canta a sí misma, como la esperanza en el naufragio, una joya oculta en amerindios pacíficos, que hoy, en esta luminosa noche, en las grandes alamedas del amor allendista, asalta mi memoria recordando el lugar en que nací.  

Recuerdo ese amor adolescente, saltando de cerro en cerro, contándose un secreto, que sólo las quebradas escuchaban. Los besos prestados, el llanto, las miradas, la sangre. Volar. Recuerdo lo fraterno, lo distante, los dúos míticos, las conversaciones, las postales, mis sueños chinos, tirarse cerro abajo, dar vueltas hasta sangrar, morir y morir de la risa, morir de dolor y morir de amor, de felicidad, de sentirse emocionado, joven e irreductible. Recuerdo tocar tu alma en las esforzadas mañanas, bajando por los planes desiertos, a media luz, tomando colectivos fantasmas para llegar arrastrados a tomar café, somnolientos, empapados de amor. Respiraciones cansadas de subir cerros. Un pie, luego el otro. 

A veces, soñaba con que me mordieras y te tomaras mi sangre. Quedarme horas acostada mirando una luz roja hasta que poco a poco se me drenara la vida y otras cosas. Sobre todo las otras cosas. Tú sabes que hubiera matado ese lado de mi sólo por tenerte un día más, para acompañarte en tu laberinto y morir de hambre somo siempre soñamos. La ciudad de mi memoria, aquella tierra ahora prometida, será siempre tu laberinto, tu hogar en el caracol que es mi mente. Habita allí ese tú que ya no eres tú. No te tendrás que preocupar por el paso de las horas, allí serás eternamente joven, cubierto de mar y de mañanas de paso, serás otro de los tantos prisioneros del recuerdo de su juventud, un Asterión de lo imberbe. Podrás rodar por tu casa de puertas infinitas, y navegar en la ciudad del ardiente recuerdo. No te enterarás de tus propias penas, serás inocente de toda meya que te hayas autoinfringido, protegerás y serás protegido, de todo aquello que está destinado a su propio olvido. 

Mi ciudad y tú se parecen en eso, son el recuerdo mítico de los 17 años. Mi ciudad es el puzle de mi infancia, las primeras calles, los primeros ojos al sol y nubes pomposas de humedad. Mi pieza oscura. Es mis madres y mis padres, mucho más tarde mis amigos y hacia mi lecho mis amores. Cuando te recuerdo, pienso en las pesadillas, en el odio y en que fantaseo demasiado y me vuelvo loca. Me lanzo al océano con esperanza de renacer en coral, o como la voz de un desaparecido. Esa masa de agua donde ni dios ni el nunca más podrán construirse. 

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